ATARAZANAS REALES

Pese a que en algún momento de su historia si dijo que Barcelona “le había dado la espalda al mar”, es imposible negar la relación que la ciudad ha mantenido con él. El Mediterráneo ha sido el espacio comercial que llevó a Barcelona en particular, y a la Corono Aragonesa en general a ser la gran potencia naval europea durante un periodo de la edad media. Las Atarazanas o Astilleros Reales son la prueba arquitectónica de ello.

El edificio original, del que sólo se conservan dos de las arcadas, comenzó a construirse a partir del siglo XIV para dar cobijo a la construcción naval que hasta el momento se realizaba a cielo abierto en la playa frente a las murallas. Gracias a como fue construida, a lo largo del paso de los siglos fue posible realizar continuas ampliaciones hasta que en el siglo XVIII el grueso de la producción marítima pasó a depender del puerto de Cartagena.

A lo largo de la historia han existido multitud de edificaciones similares en diferentes regiones, pero pocas (o ninguna) se mantienen en pie que tengan unas dimensiones similares a las Atarazanas de Barcelona. El buen estado del edificio, restaurado en diversas ocasiones, lo convierte en uno de los elementos más importantes del patrimonio construido barcelonés, un ejemplo espectacular de lo que normalmente se conoce como gótico civil catalán.


HISTORIA DEL EDIFICIO

El primer uso humano que se tiene documentado del espacio que actualmente ocupan las atarazanas tiene poco que ver con el mar, y es que las investigaciones arqueológicas sacaron a la luz una necrópolis romana de entre el siglo I y VI d.C. La reserva del espacio para su función naval se había vinculado a las intenciones de conquista y de asentamiento del dominio catalán de Jaume I, pero actualmente se le atribuye su promoción a Pere “el Gran”, y a su política expansionista en el mediterráneo.

La construcción naval viene de antes en la ciudad, pero ésta se organizaba al aire libre, en frente de la primera muralla medieval en la que se conocía como playa del Regomir. Llevándose a cabo las labores de mantenimiento y construcción directamente sobre la arena. La necesidad de protección llevó a transportar la producción a un recinto construido para tal propósito, que para empezar constaría sólo de una primera crujía de arcadas, y un espacio cerrado cercado por muros de cara a defender el interior de posibles saqueos. A medida que se fue techando se ampliaron el número de pórticos como más adelante veremos en la descripción de la arquitectura del espacio. Así, en el siglo XIV encontraríamos un espacio cerrado muy similar a la nave central actual, con un patio trasero adosado: un rectángulo rodeado además por seis torres que se encargaban de la defensa del edificio.

Cabe decir en torno a la gestión del conjunto, que frente a la autonomía que la ciudad de Barcelona tenía frente al rey, la propiedad real de las atarazanas condicionaría en cierta manera su expansión de la misma. La segunda muralla medieval, que en principio pretendía proteger exclusivamente lo que es actualmente la parte norte del Raval, acabó llegando hasta el mar a petición de Pere III, para así proteger también el edificio. Esta idea contradice la historia tantas veces repetida que defiende que la ampliación de las murallas tuvo en cuenta la protección de un espacio de cultivo, en tanto que fue un acuerdo entre el rey y el Consell de Cent de cara a afianzar la protección del edificio. Sea cual fuere el motivo, lo que sí está comprobado fehacientemente es como cambio de ésta maniobra de ampliación, el rey concedió a la ciudad (que iba a correr con el gasto de construcción de la muralla a través del gasto gestionado por el Consell de Cent) cierto poder sobre el arsenal.

El espacio construido fue ampliándose según las necesidades con el paso de los siglos. De hecho del original medieval sólo se conservaron dos pórticos (los más cercanos al mar), dado que las seis primeras crujías se derribaron en el siglo XVII. Una de las primeras adhesiones, que actualmente hace de entrada al cuerpo principal del edificio, con una escalera en forma de L, se planteó originalmente como un palacio real. Está idea se abandona definitivamente en 1401, cuando Martí I donó la piedra reservada para tal empresa a la construcción del hospital de la Santa Creu. El espacio lo acabará ocupando la “Botiga nova del General de Catalunya”, llamada hoy en día la sala Pere IV.

En la primera mitad del siglo XVI comienza a construirse un baluarte en la parte de poniente, lo que denota la importancia que va tomando el carácter militar de las atarazanas. Un siglo más tarde, mientras se retranquea definitivamente el edificio, se le añaden cuatro naves (una se derrumbaría posteriormente) en la parte de levante, la más cercana a la ciudad. Éstas, serían las últimas naves que permanecerán activas en la construcción de galeras, y como puede observarse en el plano de W. A. Koblinau en 1709, si bien el edificio tiene ya un gran tamaño, se denota la multiplicidad de usos y cómo el espacio se había ido sectorizando dada la pérdida de peso relativo de la actividad enteramente productiva. 

Tras el traslado definitivo de la construcción naval a el arsenal de Cartagena, en el conjunto barcelonés se instaló la Real Fundición de Cañones, institución que provenía de una fundición de bronce de propiedad real, y que de cara a la remodelación del ejército pretendida por los Borbones, no disponía de suficiente espacio. Posteriormente, el espacio del edificio sería ocupado por la maestranza de artillería durante el siglo XIX, y como taller de carpintería hasta bien entrado el XX.

La transformación final en el museo que visitamos hoy empieza con las obras de restauración de Adolf Florensa en 1927, quien no solo dirigió el proyecto, sino que convenció al Ayuntamiento de no derribar, como estaba previsto dentro de un plan de ordenamiento y embellecimiento del final de la rambla, una parte importante del arsenal. Florensa, dejaba aislado el edificio y modificó en su proyecto la primera arcada para transformarla en un pórtico, restauró las torres defensivas del siglo XIV (añadiéndole de paso un toque medievalizante en forma de almenas) y derribó la Caserna nova, diseñando el jardín actual del edificio. El nuevo museo abría por primera vez tras la Guerra Civil, en 1941.

El último gran paso en la restauración del conjunto se produce con la aprobación del Plan Director de las Atarazanas Reales, que ha guiado tanto las últimas intervenciones, que han llevado a la definitiva implantación de un contenido museístico de calidad, como las distintas investigaciones arqueológicas que han permitido desechar la idea de que la parte que ocupan las atarazanas en la actualidad es territorio ganado al mar por aportación de tierras, ya que se han encontrado los restos de la necrópolis romana antes mencionados.

Vista de Barcelona que dibujó Anton van den Wyngaerde en 1563

En el dibujo de Wyngaerde todavía se aprecia la actividad naval en la playa del Regomir

Y es el primer dibujo del que disponemos sobre las Atarazanas

La extensión de la tercera muralla de la ciudad rodeaba el Raval actual para poder defender las atarazanas.

La maqueta del Museu Maritim muestra el edificio en su máximo esplendor.

En el plano de Koblinau (principios del XVIII), se obserban ya las particiones internas. Fuente

Planta actual, con las distintas fases del desarrollo de la restauración.

 

LA SIMPLICIDAD ESTRUCTURAL

A partir de los siglos XI y XII pese a que las grandes obras arquitectónicas seguían vinculadas a la iglesia, el resurgimiento de las ciudades cristianas que acompaña al final de los periodos más conflictivos contra el reino andalusí, lleva a que se construyan grandes edificios vinculados a las funciones administrativas y comerciales de los reinos: las lonjas, salas para las instituciones civiles, palacios señoriales, o el caso que nos toca, centros de producción naval. En el caso de Cataluña, con aire algo chovinista el estilo suele calificarse como gótico civil catalán (del que hablamos algo más aquí), que mezcla la tradición románica de la zona con elementos particulares que derivan de las influencias del gótico en Europa, como es el uso de arcos diafragmáticos para generar espacios continuos con cubiertas de madera, como la que se resuelve en este caso.

Existen dos cualidades formales que merece la pena destacar, primero que el resultado final que observamos, proviene de la propia tecnología constructiva que se utiliza sumada a el tamaño definido por las galeras que habían de fabricarse en su interior, y por otro lado, que pese a las varias modificaciones y ampliaciones, la forma del edificio se mantiene a lo largo del paso de los siglos. No hablamos de edificios «diseñados», como diríamos en la actualidad, sino en el desarrollo continuo de procesos técnicos que se estiran o manipulan de cara a resolver las necesidades que van surgiendo con el paso del tiempo (sin olvidar que estas necesidades podían tomar un matiz simbólico en ocasiones).

Cuando entramos en las atarazanas vemos lo que Ramón Terrades califica como un espacio neutro e isótropo. Lo que quiere decir que a nivel de vista nos encontramos con un espacio que no presenta ni una función clara (neutro), y que se extiende igual en todas direcciones (isótropo). Es como pasear por un bosque de pilares de piedra, que podría recordarnos a otras obras como la Mezquita de Córdoba, y solo cuando miramos hacia la cubierta de vigas de madera notamos la dirección de las naves. Esta condición confirió al edificio la cualidad de poder ampliarse en cualquier dirección, ya sea añadiendo nuevas naves o nuevas crujías en paralelo al mar. De este modo es como podemos entender que la arquitectura no haya variado sustancialmente con el paso de los años, y que en la actual nave principal el cambio de mayor calado fuese la ampliación del arco central.

Este resultado nace en la definición original del edificio cuando se diseña una primera arcada en la fachada marítima de cara a plantear el recinto cerrado sólamente en su perímetro, pero la cuestión es que para contener el empuje del mar, ésta ha de trabarse con una segunda formando un módulo que dará paso a la primera crujía. Operación que más tarde se podrá repetir ad infinitum. Simplificando, podríamos decir que el cuerpo central del edificio (sin contar con el baluarte o las otras estancias) se componía de una arcada paralela al mar que sostenía un murete triangular para poder apoyar la cubierta, y otra perpendicular que trababa toda la estructura a la vez que facilitaba el desagüe. Podría decirse que esta solución formal es la que confiere a éste edificio (y otros similares), cierta majestuosidad que tiene que ver con una mezcla del tamaño y el simple uso de formas constructivas casi puras: una sucesión de muros de carga con arcadas abiertas y arriostrado perpendicularmente de manera análoga.

El espacio no queda definido por los muros de carga, incluso pareciera estar formado por pilares.

No es una estructúra única o propia de los astilleros medievales, edificios como la mezquita de Córdoba presentan características similares.

Axonometría de la estructura, con la reproducción continua de pórticos trabados. Fuente

Croquis (Terradasarquitectos), en donde se elimina la visión del muro, dejando vista la dirección de la estructura de arriostramiento y los desagües.

 

CONSTRUCCIÓN NAVAL EN LA EDAD MEDIA

La construcción naval ha sido una función central de los distintos imperios que han poblado el mundo a lo largo de la historia. La existencia de estructuras permanentes que facilitaban esta labor ya está documentada en el mediterráneo en tiempos de la Grecia clásica, pero la fuente directa de la que deriva la construcción de las dársenas medievales en España es en gran medida árabe, que a su vez hereda a en parte la tradición de las construcciones bizantinas. Así, la propia palabra proviene de las voces dar as-sana’a y as-sina’a; de donde resultan los términos de lenguas románicas dársena, arsenal, o atarazana en castellano, drassana en catalán, o arsenale en italiano.

Precisamente en el territorio de éste último país encontramos los primeros ejemplos de grandes construcciones para la fabricación de galeras en el mediterráneo occidental durante la Edad Media: en las repúblicas de Venecia, Pisa y Florencia. En el caso de la Península Ibérica, son como se ha dicho los árabes quien ya anteriormente se habían encargado de construir las primeras atarazanas, destacando la de Sevilla en el año 844, pero también otras como Algeciras, Málaga o Tortosa en torno al siglo X. En muchos casos los edificios construidos por los reyes aragoneses y castellanos ocuparían el lugar de estos anteriores.

En el caso de Barcelona sería en el siglo XIV cuando se define el espacio que ocuparán las futuras Atarazanas Reales, que sustituiría el emplazamiento donde se tiene constancia que ya existía actividad de mantenimiento y construcción naval, la playa del Regomir (en torno al encuentro de la Via Augusta con el Passeig de Colom  actualmente). La decisión de construir este edificio tiende a vincularse con las pretensiones expansionistas de Pere II hacia el mediterráneo. Este periodo quedaría definido por la continua evolución de una tipología de barco empleado para la guerra, las galeras, de las que el propio museo Marítimo actual elabora una didáctica cronología, además de ofrecernos una maqueta a escala real.

Los arsenales medievales fueron por tanto un elemento esencial para poder hacer frente a conflictos con otras potencias navales, principalmente las repúblicas de Venecia y Génova en tiempos previos a la unión con Castilla. Si el siglo XIV fue claramente uno de los puntos álgidos de la ciudad como una de las principales capitales europeas, las atarazanas reales cumplirían un papel central en la consecución material de este dominio. Posteriormente y ya con la casa real de los Austria en el poder del Imperio Hispánico, esta lucha por el control del “mare nostrum” romano, si bien no mantuvo la dimensión económica previa tras el proceso de colonización de América, no cesaría, sino que en parte se recrudecerá debido los continuos conflictos contra el Imperio Otomano. De hecho, en las Atarazanas Reales se fabricaron varios de las galeras que participaron en la famosa Batalla de Lepanto, conocidas además de por ser una de las principales victorias hispánicas, por ser la guerra en la que Cervantes perdió uno de sus brazos.

Teniendo en cuenta esta centralidad y dada la importancia estratégica de las atarazanas, solía ser habitual en el periodo medieval que además de esta función de cara a la construcción naval, conjuntos como éste tendían a transformarse en pequeños centros internos amurallados que acababan por absorber funciones extra, como son la defensa de la ciudad frente a los ataques de corsarios, o la facilitación del comercio marítimo.

Venecia cuenta con su propio astillero medieval.

Reales Atarazanas de Valencia, también dentro de la Corona de Aragón

La Batalla de Lepanto según Paolo Veronese

Galera española del s. XVII

Galera «la Real», expuesta en el MMB

 

horario

Museo:

Lunes a domingo: De 10.00h a 20.00h

Jardines del Baluard:

Domingos (1º, 3º y 4º de cada mes): De 11.00h a 14.00h

precio

General: 10 € (museo + Paleibote de Santa Eulalia)

Reducida: 5 € (estudiantes, parados, tarjeta rosa, bibliotecas…)

Grupos: 8 €

Gratis: domingos a partir de las 15h

¿Dónde comer?

Norai: En este caso no hay duda, el propio museo ofrece la posibilidad de comer en un restaurante que además de alojarse en un espacio espectacular, tiene un menú a un nivel acorde.

OBSERVACIONES

  • La instalación definitiva del Museu Maritim ha pasado por reconfigurar el espacio para la necesaria incorporación de contenido. Aunque ya no puede observarse el espacio en su plenitud, la combinación entre continente y contenido ha transformado el conjunto en uno de los más interesantes de la ciudad.
  • La visita al museo confiere también la posibilidad de acceder al Paleibote de Santa Eulalia (un velero restaurado por el propio museo que se puede visitar en el puerto).
  • Tres domingos al mes es posible visitar los jardines que conectan el conjunto con las murallas.