BIBLIOTECA JAUME FUSTER

El edificio de la biblioteca Jaume Fuster domina la panorámica de una de las plazas más controvertidas del Barrio de Gracia (e incluso podríamos decir de Barcelona, dada la sucesión de conflictos y los problemas para darle una solución definitiva), la plaza Lesseps. Precisamente muy en relación con el entorno, lo que nos encontramos es una obra compleja que resuelve las distintas fachadas con un entramado de planos quebrados a distintas alturas que interactuan en concordancia con los distintos espacios a los que se enfrenta el edificio, generando zonas de sombra en el encuentro con la plaza y adaptándose a la forma trapezoidal del solar en la parte trasera. Obra del arquitecto Josep Llinas (que también diseñó la otra biblioteca del barrio) y merecedora del premio FAD de arquitectura.

Este caso es además uno de los mejores ejemplos de este tipo de equipamientos. Y esto no es algo que se deba decir a la ligera, en tanto a que una de las redes de servicios públicos más completos de Barcelona es sin duda la red de bibliotecas municipales distribuidas por la ciudad. Es difícil encontrar cualquier punto que no tenga una de estas bibliotecas a pocos minutos a pie, proyectos de obra nueva o edificios patrimonializados adaptados, ocupan todo una gama de edificaciones, que en más de una ocasión han pasado a formar parte de las propuestas que hacemos en esta guía.


 

EL EDIFICIO

No es sencillo tampoco aprehender de un vistazo la forma que toma este edificio, con una fachada desplazada en distintos planos verticales que se cruzan uno sobre otro a lo largo de su conexión con la plaza. Aunque algo queda de la voluntad contemporánea que parece querer liberarse de cualquier claridad geométrica, el propio autor, Josep Llinas, rechaza esta tendencia, defendiendo que el arquitecto no puede actuar simplemente en base a la manipulación libre de la forma. La plaza en la que se sitúa ejerce así un importantísimo influjo en la organización volumétrica del edificio. En primer lugar, y como es más evidente, tenemos la forma del solar, liberado después de que se demolieran los talleres del metro que ocupaban el espacio. La forma romboidal que toma el edificio es el resultado de la  combinación de los edificios preexistentes con el corredor verde que había proyectado como conexión entre Gràcia y la Collserola: un proyecto de bulevar nunca construido que en realidad buscaba, además de ejercer de una infraestructura verde, revalorizar los terrenos afectados y de paso luchar contra el movimiento okupa, que a principios del 2000 era muy potente en la zona de Vallcarca.

Pero esta relación con el entorno no se reduce exclusivamente a la ocupación en planta sino que va más allá organizando también la volumetría y algunos detalles finales del edificio. Respecto al volumen, éste se configura a partir de dos premisas: no robar relevancia a la plaza y al corredor verde proyectado, así como no competir en altura con los edificios que la rodean. A partir de esta idea es que Llinás plantea una estructura escalonada, que crece hacia los edificios que la rodean, perdiendo altura en el frente que da a la plaza. “Frente” por no decir fachada, que no puede definirse claramente. Una ruptura con la frontalidad tradicional que se manifiesta en muchas obras del autor. Además, en éste gana relevancia otro elemento, una marquesina que a modo de visera se lanza sobre la plaza, acrecentando la relación con el edificio y añadiéndola casi como un primer vestidor en la entrada. Este voladizo se transforma además acorde a la relación con las vías que conectan en la plaza, modificando su recorrido en dos tramos diferenciados. En la parte que da a la ronda mantiene la horizontalidad, mientras que el lateral que debía coincidir con el corredor, parece activarse ofreciendo un recorrido quebrado, variable en cuanto a altura y profundidad.

Esta marquesina y su entorno próximo podría entenderse como el verdadero espacio de socialización en la plaza. La biblioteca toma así un componente de dinamización que ha sido totalmente imposible de conseguir en la plaza, y mientras que ésta nunca a terminado de satisfacer a los vecinos de la zona en un conflicto recurrente que tratamos en el siguiente apartado, el edificio Jaume Fuster y su entorno han conseguido precisamente lo contrario, convertirse en un espacio de éxito en una zona bastante complicada. Frente a una arquitectura simbólica que no ha sido comprendida a la hora de ornamentar y organizar la plaza, un proyecto que, pese al rechazo que suelen generar este tipo de intervenciones contemporáneas en puntos de conflictos como la plaza Lesseps, parece cumplir con el criterio de uso de buena parte de los vecinos. Un éxito que se vió además reforzado con el premio FAD de 2006, el premio de arquitectura más importante de la ciudad (y prácticamente del país), en competencia con otros edificios ahora considerados icónicos como la torre Agbar o el mercado de Santa Caterina.

Cabría por lo tanto terminar esta sección con una loa al arquitecto de la biblioteca, el ya mentado Josep Llinas. No tan conocido dentro del público general, sí lo es para los arquitectos. Trabajó de joven con Alejandro de la Sota, y podríamos decir que su consagración definitiva como primera espada de la arquitectura nacional llegaría con la reforma del teatro metropol. En Barcelona, además de las bibliotecas que se tratarán más adelante, una de las mejores pruebas del gran trabajo de Llinás a la hora de desarrollar volumetrías realmente ajustadas al espacio en donde se encuentran lo encontramos en el edificio de viviendas de la calle del Carme en el Raval. De cara a incrementar la amplitud de la estrechísima calle d’En Roig, la planta baja se tranquera dejando que el edificio crezca en voladizo, diferenciando esta planta de la posterior organización de las viviendas. Éstas crecen en tres bloques separados, favoreciendo el acceso de todas las viviendas a una iluminación y ventilación que sería imposible de conseguir de otra manera en un espacio tan estrecho. Una vez más la organización de los volúmenes edificados leen perfectamente el entorno en donde se encuentran, como sucedería otra vez en el entorno construido de la plaça de Sant Agustí, también en Barcelona. Proyectos residenciales que sirven de ejemplo de una carrera extensa y bastante completa en cuanto al buen entendimiento de la situación de sus trabajos.

La plaza Lesseps en los 60, con el antiguo taller del metro a la derecha (futuro emplazamiento de la biblioteca).

La planta del edificio toma forma romboidal, con un pequeño saliente en planta baja. Fuente

El frente quebrado cede protagonismo a los edificios traseros. Fuente

En la sección se aprecia las variaciones en entre espacios dobles y simples. Fuente

La marquesina es la principal conexión con la plaza, sigue dos tramos distintos, uno regular y otro quebrado.

Viviendas de la calle del Carme, un proyecto resuelto genialmente por Pep Llinás. Fuente

La ocupación en planta da cuenta de la distribución de los volúmenes de cara a conseguir iluminación. Fuente

 

LA PLAZA DE LESSEPS

La zona en donde se sitúa la biblioteca Jaume Fuster podría calificarse como uno de los puntos negros de la historia urbana reciente de Barcelona. La plaza Lesseps es, más que una plaza, un intento de reconstruir la continuidad histórica del antiguo municipio de Gracia. De hecho, y aunque en la actualidad la zona de la Vila de Gracia (el núcleo histórico del distrito) se encuentra al sur de la plaza, lo cierto es que la iglesia que se encuentra al norte podría establecerse como el origen real del barrio (como contamos aquí). Ya durante las primeras fases del franquismo, en los años 40, existía la voluntad de convertir la plaza en un elemento urbano de primer orden: “Lesseps, plaza Grandiosa”, rezaba el eslogan de la operación. En origen lo que existía eran dos plazas separadas, la de la Cruz y la de los “Josepetes”. Esta reordenación no llegaría hasta 1963, derribando una de las primeras masías de gracia en el proceso, pero favoreciendo un uso vecinal del espacio. 

No pasó demasiado tiempo hasta que comenzó el primer conflicto. El Ayuntamiento decidió en los años 70 que por la zona pasaría el Primer Cinturón de Ronda, en un paso elevado que destruiría parte del patrimonio restante y dificultaría el uso recreacional del espacio. Lo sorprendente es que el origen de este proceso hay que buscarlo mucho más atrás en el tiempo, nada más y nada menos que a principios de siglo XX (Barcelona tiende a resistir bastante frente a los cambios en los idearios de urbanización). En 1907 se aprobó un plan urbanístico que pretendía transformar completamente la ciudad, sustituyendo el plan de Ildefonso Cerdá por una nueva forma de entender el desarrollo urbano guiada por la conexión entre diversas áreas centrales y la formación de vías monumentales. El trazado de una de las más importantes, el primero de tres anillos que rodeaban la ciudad era conocido como “Passeig de Ronda”. Setenta años después el Ayuntamiento retomaba una vía prácticamente igual para su nuevo proyecto. Si en un principio, la justificación de este trazado suave en las curvas, buscaba ser capaz de facilitar tranquilos paseos en carruaje, a principios de los setenta se convertía en un intento de descongestionar el tráfico de la ciudad.

Esa pretendida descongestión pasaba por dos planteamientos que afectaban directamente a la plaza. En primer lugar el mentado cinturón de ronda, pero también la conexión de dos vías que debían unirse en el subterráneo de la plaza: desde el sur la “vía O”, con un trazado que pretendía enlazar la ronda con el paseo de Sant Joan a la altura de la plaza de Joanic, y el acceso al Túnel central del Tibidabo por el norte. La existencia de este proyecto de encuentro bajo tierra hacía problemática la incorporación de la vía a una plaza que pretendía considerarse un espacio público útil para algo más que el tránsito. Desde el Ayuntamiento se aprobó un proyecto que pasaba una estructura de vías elevadas para el paso de los coches, llevándose por delante varios edificios de viviendas, rompiendo la urbanidad del espacio y partiendo el barrio en dos. En uno de los primeros casos de respuesta vecinal organizada y pública, agrupaciones de vecinos y afectados se unieron a algunas instituciones locales de peso para protestar por la actuación.

En una disputa que incluía demandas por mayor participación en la toma de decisiones (recordemos, aún inmersos en una dictadura), se llegó a presentar una contrapropuesta soterrada, planteando una verdadera oposición al ayuntamiento. La solución fue la elaboración, por parte de este último, de una propuesta intermedia que soterraba, elevando la cota de la plaza, pero que a la hora de ejecutar, acabó generando una isleta aislada rodeada por carriles de tránsito rápido que transformaron la zona a finales de los 70, de un punto de conexión, a una barrera que dividía el distrito de gracia en dos. Lo que debiera ser una solución de continuidad para la brecha abierta por la ronda, se transformaba en un nudo mal resuelto, que pudo haber empeorado aún más si los proyectos de la vía O y el túnel hubiesen seguido adelante (no fueron eliminados del planeamiento hasta 1986). Fue, según los autores del mayor estudio sobre los movimientos sociales de Barcelona (Domingo y Bonet), una victoria política y una derrota urbanística.

La polémica sobre el espacio se reactivaría en 1998, cuando se lanzaba un concurso para conseguir deshacer el desastre urbano generado en la plaza. Tras un primer proyecto que tomaba más en consideración las solicitudes históricas que recaían sobre la plaza (sobre todo eliminar la cota elevada, conectar las dos partes del barrio manteniendo el ajardinamiento), el Ayuntamiento (con cambio político mediante), modificó las bases del proyecto encargando uno nuevo que propondría transformar el espacio en una plaza dura, sin modificar la cota del túnel. La respuesta de los vecinos fue mucho mayor de lo que se podría esperar desde el poder político, una vez más, se organizaba una respuesta que transformaría el proyecto final. Con la arquitecta Itziar Gonzalez como principal mediadora en el conflicto entre vecinos y Ayuntamiento. El proyecto actual, que comenzó a construirse en 2005, incluyó, pese a las dificultades del nudo de tránsito (aún más complejos al añadir las obras de conexión con la nueva línea de metro), algunas de las demandas de los vecinos, pasadas por el tamiz arquitectónico de la visión de su diseñador, Albert Viaplana.

En resumen: la cota de la plaza se modificó adoptando la pendiente natural del terreno, soterrando el túnel a más profundidad; el acceso a éste queda oculto por dos voladizos triangulares que crecen en pendiente, sirviendo a la vez de mirador y de amortiguador del ruido del tráfico; lo que queda de tráfico en superficie se lleva al centro de la plaza, ampliando el ajardinamiento en los dos lados que restan, organizando, para terminar, un programa escultórico (que fue objeto de un nuevo movimiento de protestas por el rechazo local) y de mobiliario urbano para poner el valor el espacio público.

La plaza dels «Josepetes» a finales del siglo XIX

La primera versión de la plaza Lesseps, aún sin la vía de ronda

La propuesta de vía pasando sobre la plaza en una plataforma elevada. (La vanguardia, 28/10/72)

Pintadas de protesta en la plaza

Caricatura del conflicto en los años setenta. (La Vanguardia, 20/02/1973)

Solución intermedia, la ronda rompía completamente con la urbanidad de la plaza

La «proa», la solución actual de entrada al tunel de ronda.

El programa escultórico planteado por Viaplana no terminó de convencer a los vecinos.

 

LA RED DE BIBLIOTECAS DE BARCELONA

Podemos empezar a extender nuestro repaso de las bibliotecas de Barcelona sin movernos de Gracia: el mismo Josep Llinás diseñó antes antes otro edificio con este propósito pero a escala de barrio. Ocupando un solar en esquina de uno de los cruces viarios más notorios de un barrio poco dado al tráfico rodado, el bloque prismático rompe, como lo hacía la biblioteca Jaume Fuster pero a menor escala, con la idea de un volumen regular a partir del diseño de fachada. En esta ocasión, los quiebros y abombamientos desregulan los planos de la envolvente del edificio rompiendo la unidad que podría desprender el bloque, jugando también en el interior con aberturas irregulares y conexiones diversas entre plantas. Como expresa el mismo autor, el edificio se presenta como una “maleta en la que se ha introducido más ropa de la que razonablemente cabe”. Y de igual manera, como continente consigue absorber en un espacio reducido las extensas demandas del programa de un servicio tan útil para un barrio (denso) como en el que se encuentra.

Cabe comenzar así con un ejemplo de lo que en realidad es una estrategia de dotación de servicios que podemos considerar, valiéndonos de la redundancia, como ejemplar: el programa de bibliotecas municipales de Barcelona. De hecho, varios de los elementos que tratamos en esta guía cumplen esta función: la Fraternidad, antigua sede de la cooperativa del mismo nombre; Can Mariner, una de las masías de Horta; una parte del antiguo Hospital de la Santa Cruz; el Vapor Vell, cerca de la España Industrial; parte del espacio del Disseny Hub en Glories… todos estos edificios alojan una de las bibliotecas municipales de la ciudad y todos parten de un programa pionero en España que en realidad pretendió hacerse en toda Cataluña poco después de la formación de la Mancomunitat Catalana (un institución que incluía las cuatro diputaciones catalanas que nació con la intención de generar una estructura cultural y de gobierno conjunta en el territorio).

Dos hechos marcan el 1918 como el punto de inicio del sistema de bibliotecas populares: la inauguración de las cuatro primeras bibliotecas, en Valls, Sallent, les Borges Blanques y Olot (una por provincia), y la graduación de la primera generación de bibliotecarias. Como vemos, las primeras bibliotecas se inauguran lejos de las grandes ciudades, es más, van situándose en entornos más o menos naturales, rodeadas de vegetación. Una decisión tomada a conciencia, bajo la premisa necesaria defendida por uno de los principales impulsores del proyecto, el escritor Eugeni d´Ors: el acceso a estos servicios debía obligar a hacer un “peregrinaje hacia la sabiduría”. Este espíritu clasicista tan característico del noucentisme alcanzaba también a la arquitectura de los primeros ejemplos, casi pequeños templetes neoclásicos.

La caída de la Mancomunitat durante la dictadura de Primo de Rivera hizo que la diputación se hiciera cargo de las bibliotecas ya inauguradas, ampliando progresivamente la red, lo que, en tiempos de guerra civil llegó a implicar un autobús que llevaba libros al frente. De hecho durante la mayor parte del tiempo, sobre todo a partir del gran crecimiento de la ciudad durante los años sesenta, una buena parte del servicio se consiguió mediante una red de autobuses que se movían en distintas zonas. Siempre con una fuerte integración local, en las bibliotecas fue uno de los puntos en los que se comenzó a impartir y a recuperar el uso del catalán (reprimido durante buena parte de la dictadura) y la literatura escrita en esta lengua.

La verdadera expansión y modernización de la red de bibliotecas se da a partir de los años noventa, no sólo en términos arquitectónicos, sino también en servicios. De sistemas de almacenamiento y préstamo de libros, se pasa a un marco más amplio que extiende la complejidad de los contenedores como equipamientos públicos orientados al aprendizaje, la divulgación de la lectura y otras formas de acción cultural. Es a partir de este momento que podemos empezar a hablar de una arquitectura bibliotecaria, con soluciones de todo tipo como hemos visto al comenzar. Valga como introducción mencionar alguno de los proyectos más interesantes de la ciudad, además de los dos ejemplos ya tratados en Gracia:

  • Biblioteca Joan Miró: una de las primeras construidas de la nueva generación de bibliotecas. En el parque del mismo nombre, diseñada en los años 80 por Màrius Quintana & Beth Galí. De tamaño reducido (sólo dos salas enfrentadas organizadas en dos niveles, se integra en el parque casi como un elemento escultórico flotando como una lámina de agua.
  • Sant Gervasi – Joan Maragall: aprovechando el desnivel existente entre la antigua masía Villa Florida y la calle Sant Gervasi de Cassoles, el estudio BCQ arquitectura planteó que el edificio se situase debajo del primero dejando libre la superficie del jardín como cubierta, y abriendo el acceso a la segunda a través de la sucesión de varios volúmenes irregulares y casi brutalistas que conectan las dos cotas.
  • Sant Antoni – Joan Oliver: una de las pocas obras en Barcelona del estudio RCR (Premio Pritzker 2017). El proyecto recupera el uso de un interior de manzana como parque público, en donde el edificio, acaba por dar forma al conjunto generando una puerta de entrada y organizando la actividad interior (biblioteca y hogar del jubilado) en relación al espacio verde exterior filtrando la luz y formando dos tipos de ambientes completamente conectados.

La biblioteca de Vila de Gracia, también diseñada por Josep Llinás

Inauguración de la biblioteca popular de Valls en 1918. Fuente

Biblioteca de Vendrell, una de las últimas diseñadas con la Mancomunitat (1922). Fuente

El bibliobús que llevaba lectura al frente de la guerra civil

Y la flota de autobús que abasteció de lectura a buena parte de la ciudad hasta los 90

Biblioteca Joan Miró.

Biblioteca Sant Gervasi – Joan Maragall. Fuente

Biblioteca Sant Antoni – Joan Oliver. Fuente

 

horario

Lunes y sábados: De 10.00h a 14.00h y de 16.00h a 21.00h

Martes a viernes: De 10.00h a 21.00h

Domingos: 11.00h a 14.00h

precio

¡Leer es gratis aquí!

web

Biblioteca Jaume Fuster: ajuntament.barcelona.cat/bibjaumefuster

Red de Bibliotecas:  ajuntament.barcelona.cat/biblioteques

¿Dónde comer?

Toma Ya Street Food: Restaurante desenfadado, que es otra forma de decir que es algo incomodo, pero variado y rico.

Bodega Cal Pep: vermuts, conservas, y alguna cosa más. Que a veces es justo lo que hace falta.

OBSERVACIONES

  • ¿HAY QUE VISITARLA? Pues si eres arquitecto, o te interesa la arquitectura contemporánea, el trabajo de Josep Llinas es de sobra interesante como para que te acerques. Cualquier excusa es buena para un paseo por Gràcia. Algo similar sucede con otras de las bibliotecas. Eso sí, para el turismo en general, probablemente haya muchas otras cosas que visitar.